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Tocó a don Ignacio
L. Romero, la famosa influenza española
que tantos estragos hizo en el mundo, no escapando Hermosillo. Don Nacho, con
solicitud patriarcal, diariamente lo primero que hacía, era recorrer
los barrios pobres, llevando un consuelo y un alivio en medicinas, dinero, alimentos
y otras ayudas que el pobre erario municipal podía brindar a sus vecinos.
No exagero si digo, porque fui testigo presencial, que se visitaron como 800
casas en alguna de las cuales encontramos a todos enfermos y sin que nadie pudiera
darles un vaso de agua. Y esta difícil situación resultó
un ramo de flores a don Nacho, comparada con el aprieto en que lo metió
una vez don Carlos Martán, siendo secretario de
Policía, y quien formulaba los "partes diarios de novedades".
En uno de esos Partes, la Policía cogió infraganti
a dos inmorales en el Parque Madero, y don Carlos, de por sí pulcro
y decente, cambió las frases del Cabo de Servicio y puso en el parte
general lo que sigue textualmente: "a las 21 horas fueron aprehendidos
en el interior del Parque, fulano y zutano, por pinfos, imberecundos y nerónicos
similius, etc.". Don Nacho, leía y releía, se limpiaba los
anteojos, dejaba el Parte, lo volvía a coger y no podía
descifrar la causa de la detención y menos aplicarla al Bando
de Policía, y como se hacía tarde y había que calificar,
optó por llamar a don Carlitos, y ya éste en su presencia, sacando
de su bolsillo un "diccionario particular"
(porque decía que el de la Academia no servía), inmediatamente
le explicó el caso. Cuando don Carlos se fue, don Nacho me hizo este
comentario: "caramba, ni diez influenzas me dan tanto trabajo como este
don Carlitos". Luego respiró fuerte y haciéndome una seña
hacia la Capilla Ardiente (depósito de licores), nos empujamos uno del
bueno, quitado a algún contraventor del Decreto número uno...
Recopilación: José Rafael Aguirre Fernández.
Fuente: El Imparcial.
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