Mi viejo Hermosillo
Por Claudio Nájera Jr.
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Recopilación: José Rafael Aguirre Fernández Publicado el 27 de Febrero de 1954

AUTOMÓVILES EN HERMOSILLO

Muy despacio fueron introduciéndose los automóviles a Hermosillo, por más que eran mucho más baratos que ahora, pero también es cierto que el dinero era más escaso. Vendían tres "Foritos" con radiador de bronce, por mil dólares y entonces los pesos estaban al dos por uno. Por supuesto qeu no había derechos aduanales, ni mucho menos advalorem.

La Cervecería de Sonora, recién abierta después de fenecido parcialmente el Decreto Número Uno de mi General Calles, que prohibía la fabricación, venta y engurgitación de licores, tenía uno de esos "foritos" y éste tuvo dos épocas, ya que lo guardaron por algún tiempo y después lo resucitó Pérez, y en él entregaba hielo, pero la fiesta de la gasolina le duró poco.

Donde hoy ubica sus reales la rerrobada Joyería Julián León, en la calle Serdán, estaba la gasolinera de Apolonio Núñez, miembro de la familia de distinguidas maestras y enseguida estacionaba su automóvil de sitio Rodolfo Molina, que manejaba él mismo. Era un Ford de pedales, con toldo de lona y ruedas muy grandes y llantas muy delgadas. Se le daba "crank" después de abrir la llave de latón, que estaba instalada en la cajita de los "coilts" y había que graduarle, cerca del volante, las llaves de la gasolina y la chispa. Por cierto que la mayoría de las veces "arrancaba", ya estaban bastante buenos los foritos.

Y asómbrense ustedes, por esas mismas fechas, tuvo la Panchita Córdova, nuestra gran líder femenil, a ratos residente de Ures y en veces de Hermosillo, un automóvil "Oldsmobile", sin palanca de cambios, pues estos se movían con unos botones apoyados en la barra del manubrio. Ya era un automóvil con toldo setenta y cinco por ciento de metal. El gran carro...

Poco después la familia Hoeffer tuvo un Dodge, que nosotros, capitaneados por Alberto Hoeffer, recién desempacado, procedente de yanquilandia, empujábamos a las altas horas de la noche, para después echarlo a andar, cuando ya no se oyera en su casa el ruido del motor. Ricardo Uruchurtu, hace años radicado en México y que perdió una pierna en una mina cercana a La Colorada, compró una charanga de un asiento y cajita atrás. Le gustaba el ritmo acompasado del motor caminando a baja velocidad y casi se lucía todo el día por esas calles del señor...

Luego vino Rodolfo Elías Calles, nombrado cajero de la compañía bancaria Mercantil de Sonora, que regenteaba don Epigmenio Ibarra, y trajo un "Packard" de doce cilindros, tan alto que parecía necesitarse una escalera para subir a sus asientos. En una ocasión venía corriendo por la calle Yañez, a toda velocidad, con muchos pixtos en el hígado, y en sentido contrario caminaba en su charchina vieja don Placido Ríos, Alcaide de la Penitenciaría, un copiólogo empedernido y se produjo el choque más famoso del Hermosillo de entonces. Ahí dejó don Plácido todos los dientes y muchos mechones de su ensortijada cabellera.

Mi General Topete, Gobernador del Estado, se apretó la canana y decretó la desaparición de los carruajes. Dio una indemnización a los cocheros y, lógico, se incrementó el automovilismo en nuestra ciudad.

Y a propósito de Gobernadores, cuando don Adolfo de la Huerta lo fue de Sonora, por allá en 1920, tenía un automóvil "Rojer", de color guinda, muy bajito. Lo manejaba Pedro Peña, que todavía presta sus servicios como chofer del veintitreceavo Gobernador de Sonora. Don Adolfo, se subía parsimoniosamente al asiento posterior, Pedro movía el vehículo y once segundos después habían llegado a la residencia del Gobernador, que estaba en la esquina, exactamente a treinta y un metro de la puerta de Palacio.

Los muchachos Corral, Alberto y Alejandro, tenían un Willys Knight viejo. Echaba una humareda terrible por el escape. Alfonso Hoeffer trajo un convertible amarillo muy bonito y en el desfiló Lupita Pavlovich cuando fue reina del carnaval. Y por asociación de ideas, nos acordamos de un Stutz de carreras que tuvo el cervecero Mr. Ackerman.

Pero el automóvil más famoso de Hermosillo fue un Overland de Don Pedro González V. agente de negocios judiciales que vivía por la calle Dr. Aguilar y que fue bautizado como "El cuatro vientos", por ser totalmente abierto. Por fin aquel heroico vejestorio se negó a caminar y don Pedro lo abandonó para siempre en donde se quedó parado.

Y el auto que menos caminó fue un Packard negro de don Adalberto Astiazarán, aquel señor muy alto de tos permanente que vivía en la esquina del Callejón Velasco y Calle Morelos. Lo trajo de los Ángeles en un furgón, rodó con su motor hasta el garage particular de don Alberto y ahí se acabó de inacción...

¡Que enorme distancia entre aquellos foritos de radiador de bronce y los cadillacs de ahora! ¿Quiénes nos iban a decir que llegaríamos a tener semáforos y ruidosas motocicletas de tránsito? Pero tal parece que el tiempo, el viejo cronos, va raudo en uno de sus Mercedes-Benz de la carrera panamericana...

Y entre la muchachada de los veintitantos, fue conocidísimo un "Hudson", negro, de "Chémali" Gándara, de quien se hablaba mucho por sus amaneramientos. Tenía en espiral, el auto, la pintura de las ruedas y parecía que algo entraba y salía al caminar el carro. Y frente al tendajón de Carmelita de la Barata, enseguida de la Bohemia, tuvo su automóvil de sitio, don Emiliano, ex-cochero, muy entrado en años, que nunca aprendió a manejar, lo heredó el chismorrero de "Nayo" ese que mata gentes...

Recopilación: José Rafael Aguirre Fernández.
Fuente: La Opinión



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