| Mi viejo Hermosillo | |||||
| Por Claudio Nájera Jr.
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| Recopilación: José Rafael Aguirre Fernández | Publicado el 13 de Febrero de 1954 |
| DON MANUEL Y. LOAIZA |
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Que bien recuerdo aquella casona de un solo piso, sacada a plano con cemento, situada en la esquina de las calles Serdán y Morelos, en que estuvo la casa comercial de Don Manuel Y. Loaiza y la empresa de teléfonos de Don Víctor Aguilar. Con precisión matemática, que obligaba a sus empleados a ser puntuales, llegaba Don Manuel a sus oficinas a las ocho de la mañana. Siempre vistió con gran pulcritud. En verano de traje claro delgado y en invierno de casimir. En los entretiempos, se quitaba el saco, se desabrochaba el chaleco y se paraba en el gran zaguán de su establecimiento. Era una figura muy familiar a los hermosillenses. No lo era menos el mozo Rafael, con sus ojos estrabiscos. La Telefónica, como entonces se le llamaba, tenía unos escalones de dos tramos y ahí se sentaban las muchachas cuando ya se cansaban de pasear por la Serdán. Había a los lados dos balcones, cuyas puertas nunca se abrían y estaban siempre llenos de tierra y basura. En esa incipiente empresa, principió a trabajar "El Maloro Acosta", que se llama, por si ustedes no lo saben, Víctor Manuel, hace muchos lustros, también trabajó en ella Luz Verdugo, que ya tiene treinta y cuatro años como empleado de la Secretaría de Gobierno y Carmelita Valencia, cuyas huellas hemos perdido. Era gerente de la Casa Loaiza, Enrique, hijo de Don Manuel, a quien sus amistades le decían "El Brocha". Murió joven, dejando a su esposa Conchita Torres de Loaiza y a su hermosa hija Armida, ahora casada con el Licenciado Juan Rivero Solana, gerente de Textiles de Sonora, pero ya estas cosas son nuevas. Enfrente de la Telefónica estaba el Hotel Arcadia, con su gran mole de ladrillo rojo y sus hermosos yucatecos, aún vivos debido al amor por los árboles del General Abelardo Rodríguez, que no dejó cortarlos al construirse el Hotel San Alberto. Bajo esos yucatecos tenía su sitio de automóviles el "Compadrito" Morera, don Miguel, que después tuvo la cantina del Hotel Kino. Armó un gran alboroto cuando importó para su negocio dos automóviles Jeffries, con toldos replegables. La barbería del hotel era de don "Chanto" Miramontes, padre del actual peluquero instalado en la Bohemia. Ya era barbero Alejandro Aragón, el que ahora rapa barbas en la Calle Juárez. La administración del hotel contaba con los servicios de Manuel Grijalva, actualmente empleado de la Tesorería General del Estado, y era ama de llaves una hermana de Arturo Arvizu, muy activa y enérgica, siempre vestida de blanco en el curso de sus funciones. Era gerente Mr. Peller, medio gruñón, tomador de copas. Y ya que estamos hablando de hoteles, lo haremos también del Hotel Cohen, instalado donde está el Kino, en la calle Hidalgo, a cargo de Marcos Marx, muy afecto a pistear, pero buen hombre, muy populachero, todo el mundo tenía que ver con el. Nunca supimos por que el Hotel llevaba el nombre de Cohen. En seguida vivió el General Fausto Topete, que fue gobernador del Estado. Ahí donde está el Kino, estuvo en mi época el Hotel Moderno, hasta que su propietario Don Felipe León, compró el edificio que hoy ocupa en la esquina de las calles Manuel González y Morelia, donde estuvo el Colegio Corona, de filiación protestante. Antes había estado en la calle Morelos, en la casa que fuera de Don Ramón Corral y que ahora ocupa el Colegio de las madres. En la parte de atrás, en un segundo piso, tenía un cuartito, con escalera privada, en el que se encerraban a jugar a la baraja los gallones de entonces. De ahí salían versiones de cifras jugadas que enchinaban el cuero. Ya era Alejo Bay el que perdía veinte mil pesos o el General Pancho Manzo el que ganaba sesenta mil, esas sumas eran mucho dinero entonces, cuando los pesos valían a dos por uno. En este hotel vivió "El Loco" Manuel Anchondo, Coronel y cuñado del General Roberto Cruz, que sacaba la pistola con mucha facilidad. También se hospedaron en él aquellos pagadores famosos por sus dispendios y que contaban mucho en los carnavales, pues con gran facilidad entregaban grandes cantidades para votos en la elección de reina. Uno de ellos, el pagador Macedo, fue Rey en compañía de la encantadora reina Amparito Carrillo, hija de don Manuel, ahora radicado en Tijuana. Ahí vivió también Rodolfo Garayzar, por mucho tiempo, en los días en que fue Diputado Local y Tesorero General del Estado, fue querido en Hermosillo y murió trágicamente siendo gerente de la Cervecería de Sonora. Por supuesto que todos estos hoteles no tenían más que uno o dos baños y servicios sanitarios en la punta más lejana de los corredores. A los mozos había que llamarlos a gritos y el único teléfono, en la administración, siempre estaba ocupado, naturalmente. Las gentes eran menos bañadoras, los olfatos estaban acostumbrados. La vida se deslizaba en Hermosillo más despacio, nadie tenía las prisas de ahora. Las personas se movían en los carruajes, al paso de los caballos, quien iba a decir que tendríamos semáforos y agentes de tránsito. Olwaldo González, el famoso ingeniero que resultó abogado, transitaba a cualquier hora por en medio de las calles, con la cabeza inclinada hacia abajo y nunca se le antojó a nadie que pudiera ser atropellado. Pancho Monroy, el cobrador de la luz, dejaba a su caballo, uncido en un "boqui" todo desvencijado, que caminaba su albedrío y nunca tuvo la oportunidad de chocar. De lo que se perdió. Recopilación: José Rafael Aguirre Fernández. |