| Mi viejo Hermosillo | |||||
| Por Claudio Nájera Jr.
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| Recopilación: José Rafael Aguirre Fernández | Publicado el 20 de Marzo de 1954 |
| PLAN DE AGUA PRIETA |
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Don Gilberto Valenzuela, en quien ya pintaba su calvicie actual, era obeso, con cara lampiña y sonrosada. Usaba unos grandes cuellos duros y corbata obscura casi siempre. Recuerdo que tenía unos chalecos y una “leontina” negra. También era Diputado local don Alejo Bay, menos alto que el Lic. Valenzuela, pero también rechoncho, lampiño y sonrosado, gastando unas camisolas de seda de rayas gruesas de dos diferentes colores. Era un asiduo concurrente a las tertulias en los corredores de Palacio. En la misma cámara figuraba Don Florencio Robles, colorado y alto, un buen hombre, quien casó con una señorita Monteverde, hermosillense. Ahora Don Florencio radica en Magdalena, dedicado a la ganadería. Con motivo del movimiento del Plan de Agua Prieta, se reunieron en Hermosillo, grandes cantidades de sonorenses que hacía tiempo radicaban en México, y que al peligrar sus empleos o por solidaridad con su Estado se incorporaron al triunvirato que formaban Don Plutarco, Don Adolfo y Don Álvaro. La capital se llenó de figuras prominentes, estaba bonito Hermosillo y todos optimistas sabíamos que el General Obregón, derrotaría al Carrancismo. Con sus lentes de “obispo”, ovalados y con arillos de oro, vino el General Salvador Alvarado, que fuera boticario en Guaymas y que metió la Revolución a Yucatán. Por cierto que en México, cerca de la Iglesia y Plaza de San Juan, existe un enorme y bello roble, bardeado con cerca de fierro, donde los yucatecos dicen que Alvarado colgaba a los reaccionarios. Debería estar todavía en actividad el arbolito de marras. Por aquí andaba Alfonso Guerra, el diplomático actual, entonces era delegado, y aunque usted no lo crea, bien parecido. También cambió en lo dinámico que era y que dejó de ser. No me explico como salió de Sonora sin casarse por acá, pues era seriamente asediado por las muchachas hermosillenses. En el Segundo piso del Palacio Federal, donde ahora está la Oficina Federal de Hacienda, estaba el cuartel de la Jefatura de Operaciones Militares que desempeñaba el General Juan José Ríos, que hizo un papelito muy desairado al no decidirse por ningún lado. Tenía su residencia donde ahora es el Hotel Jardín, en la calle Juárez. El Licenciado Aurelio Maldonado, delgado, muy miope, cargado de hombros, soltero y dipsómano, era el abogado consultor del Gobierno. Era un profesionista de gran competencia, pero se ponía unas borracheras largas y atroces. Don Adolfo, mandaba ayudantes que lo metieran a fuerzas al hospital y lo cuidaran hasta que se le pasara la mona. Murió en México hace algunos años. En la Secretaría de Gobierno trabajaba Pepe Vázquez, ese chaparrito canuzco y de paso lento, que ahora lleva la oficina de Enrique Rivera T. Por supuesto que ya estaba en el archivo, aunque de simple ayudante, Ramón Corral y el jefe era Don Miguelito Vázquez, viejecito alto, delgado, semi-calvo y de gran cabeza, que duró cuarenta años trabajando con el Gobierno. Ahí mismo trabajaba Don Ángel Avilés, un hombre grandote, colorado pelo enteramente blanco, fumando puro y que sabía la mar de chistes. Fue el papá de Fausto Avilés, el joven abogado que acaba de morir en la metrópoli, después de tremenda enfermedad y de Carlitos Avilés, que anda por esas calles vendiendo billetes de lotería nacional. Por esos días fue Secretario de Gobierno Don Flavio Bórquez, un viejecito simpático y decente, a quien todo mundo quería y respetaba. Fungió como Gobernador en varios interinatos. Fue muy conocido su hijo Oscar, a quien sus amigos llamaban “El Chango”. El conserje de Palacio era “El Chaluz”, José de Jesús Armenta, viejo soldado de la Revolución, a quien el General Calles tenía estimación. Como buen soldado, todas las mañanas formaba a los mozos de Palacio, los hacía cuadrarse militarmente y luego repartía las escobas, como si hubieran sido rifles. Pero yo creo que no era muy enérgico, porque el edificio estaba sucio y descuidado. Era característico oír siempre una gota constante que caía de un tubo de agua, instalado entre el patio y el corredor de la planta baja, rumbo al este de la escalera. Caía esa gota permanente sobre una plancha de metal y el agua se desparramaba algunos metros, patio adentro. Aquello duró treinta años… Recopilación: José Rafael Aguirre Fernández. |