Mi viejo Hermosillo
Por Claudio Nájera Jr.
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Recopilación: José Rafael Aguirre Fernández Publicado el 27 de Septiembre de 1954

PRIMEROS EXPENDIOS DE GASOLINA

Los primeros automóviles que hubo en Hermosillo, ya vendidos por agencias establecidas aquí, surtían sus necesidades de gasolina en el interior de los propios talleres, mediante un embudo, vaciando el líquido de las latas en que venía. Hasta que un hombre progresista, inspirado por el Dios de la velocidad, instaló la primera estación de gasolina en la Calle Serdán, donde ahora tiene su joyería Julián de León (actualmente es un espacio que sirve de entrada a un estacionamiento entre una escuela de computación y un restaurante de mariscos), con una bomba amarilla, accionada con una palanca de mano y con un depósito de cristal en la parte alta, donde se veía como iba consumiéndose la gasolina, al módico precio de 11 centavos por litro, made in USA. El propietario era Apolonio Núñez, alto, fornido, serio y respondón, pero un buen hombre. Las llantas de los foritos las quitaba con las manos únicamente, a jalón limpio y sus cámaras delgadas como tripa de cochi hambriento, las llenaba con una bomba de mano, sostenida por el pie derecho.

Pero al poco tiempo, Ramón Rodríguez, que tenía una agencia de bicicletas, le agregó una bomba de gasolina a sus actividades comerciales. Este artefacto era rojo, pero de funcionamiento igual a la de Núñez. Estaba ubicada, donde ahora se levanta el edificio, con intentos de colonial, del Banco Nacional de México y, luego dotó a su establecimiento de un productor de aire automático para las llantas, siendo el primero en Hermosillo. Ahí empezó a trabajar, muy jovencito y delgado, don Ernesto Romandía, que después se quedó con la gasolinera. Ramón compró unos aparatos de diversión pública, volantín, rueda de la fortuna, etc. y se fue por esos pueblos de Dios, hasta que un buen día se despidió de este mundo. Fue Presidente Municipal de Hermosillo y si no hizo nada por el pueblo, cosa entonces muy común y que ahora se repite de vez en cuando, si se divirtió de lo lindo, se ponía cada parranda, que tronaba el universo.

Romandía cambió la gasolinera para la esquina de las calles Serdán y Juárez y, modificó la vieja casona, dándole cierta forma moderna, pero resultó que comenzó a decaer el negocio de la gasolina y su empresa se transformó en venta de refacciones y repuestos, como hasta ahora.

Pero antes de esto, los jóvenes de la sociedad, Daniel y Carlos Ramírez y Eduardo Salazar, establecieron una gasolinera con muchas ideas importadas de yanquilandia, en la explanada que quedaba entre la Cantina la Bohemia y la casa que ahora ocupa Juliancito García; ahí está todavía la caseta que construyeron, sirviendo para el mismo destino, aunque con menos vuelos. Enfrente establecieron un garaje moderno. Daniel y Eduardo se ponían unos overoles blancos y gorras idems y despachaban activos y corteses, limpiando los vidrios de los autos, sin cobrar, cosa que se hacía por primera vez en Hermosillo. Pero había mucha bohemia en aquellos corazones y se enfadaron del comercio más pronto de lo prudente.

Ya para entonces Enrique Tapia, carácter y genio comercial, había comprado la gasolinera de Apolonio Núñez, y había hecho de la Agencia Ford. Modernizó todo aquello y con verdadero carácter mercantil y con la ayuda de Don Rodolfo, la cosa fue caminando hasta culminar en el gran negocio que es ahora. Tuvo su gasolinera de grandes proporciones, Memo Tapia le dio amplia vida, pero ya no costeaba y se acabó.

Los Araque, se han incorporado al negocio de vender gasolina. Ya corrió de la Juárez para la Veracruz y el de la carretera se duplicó, mejorando, naturalmente. Dicen que el Beto Contreras, es el que vende más gasolina a más camiones, lo cierto es que tiene gran movimiento.

La gasolinera de lujo es de Pancho Rodríguez, ahora convertido en “Capitán”, del negocio gasolinístico más grande y copetudo del moderno Hermosillo. Tiene una gran organización y él ha cumplido el sueño de un servicio estilo norteamericano, que trajeron de sus aventuras del otro lado Daniel y Carlos Ramírez y Eduardo Salazar, el salado, de verdad

Recopilación: José Rafael Aguirre Fernández.
Fuente: La Opinión



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