Mi viejo Hermosillo
Por Claudio Nájera Jr.
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Recopilación: José Rafael Aguirre Fernández Publicado el 3 de Marzo de 1954

EL TESTAMENTO DEL MAL HUMOR

Se nos va muriendo el entusiasmo. Estamos tornándonos en gentes sombrías. En esos hombres de los grandes centros de población que lo mismo sacan una tarea en sus actividades lucrativas, que en sus diversiones. Van al cine como si ejecutaran un trabajo.

¡Qué diferencia un cuarto de siglo atrás! Entonces vivíamos con mucho sabor. A todo le sacábamos raja, como se dice vulgarmente. Que carnavales , que excursiones a Guaymas, si me parece estar viendo aquellos días deliciosos, preliminares de carnestolendas, porque nosotros empezábamos antes, con mucha anticipación.

El cuartel general era el Círculo Hermosillense, instalado en la vieja casona de que he hablado en el relato anterior. En la parte posterior había un cuartito donde nos encerrábamos a escribir el proceso del Mal Humor y su testamento. Porque nosotros, como el PRI, ya sabíamos lo que iba a suceder, con la debida anticipación y a propósito recuerdo aquel famoso telegrama de Portes Gil, cuando era Presidente de la República, dirigido al consejo de guerra, instalado en Veracruz y que estaba juzgando al General Jesús María Aguirre, levantado en armas en aquella revolución tan breve, que se bautizó "La Renovación" y en el que se daba por enterado de la instalación de aquel tribunal y terminaba con esta frase: "tómese fotografías antes y después de la muerte del acusado".

En los primeros años de mis intromisiones en esos menesteres de procesar y matar al Mal Humor, umbral de las jacarandosas fiestas de carnaval, el testamento del Mal Humor se escribía en una mesa de "La Bohemia", la simpática y célebre cantina del no menos simpático y famoso Don Pedro Miranda, de quien he de hablar largo y tendido en próxima ocasión, el director de tal preparativo era el gran caballero del buen humor y la amistad, Espergencio Montijo.

Luego la cosa pasó al corredor frontero del Círculo Hermosillense y después se trasladó, para muchos años, al cuartito de marras en la trasera de tal casino. Asumió la dirección, Pancho Corella, y eran sus asiduos y pixteadores colaboradores: Jorge Valencia Sotomayor, Casimiro Bernard, Alfonso Almada, Ernesto Robles y un etcétera de cuatro o cinco más.

El comité del carnaval pagaba las copas, todas las que pudiéramos tomarnos y principiaba la gran obra. Se repartían los cargos: "El Ciego" Almada, ministerio público; "El Tlacuachito" Bernard, defensor; "El Cuervo" Zamora, verdugo, y el juez, tenía que ser Corella.

Y en seguida venía lo bueno, la interrogación primordial ¿Quién sería el mal humor? Que sea Enrique González "El Chinchillas" proponía alguien y otro objetaba: no, porque ese no se enoja. Otro deliberadamente sugería que Israel González, "El Director de El Pueblo", entonces la iniciativa no era rechazada tan drásticamente. Pero luego salía Corella, con una de sus arrancadas y proponía a don Zoilo de la Puente, un buen señor que no tenía de llamativo mas que una gran nariz, pegada a una cara muy fea. Y nos llevamos el gran chasco, porque tan solo no se enojó, sino que aceptó gustoso y se divirtió la mar con su papel de Mal Humor. Era un español con gran sentido del humor, pese a su aspecto serio y retraído.

Las cabezas de los Mal Humor las hacía Rafael Romero, que entonces tenía su taller de pintura industrial, donde ahora se levanta el Edificio Loaiza, en la calle Serdán. Lograba unos grandes parecidos con los originales. Recuerdo que la cabeza de don Zoilo, era de una semejanza extraordinaria, tanto que éste la pidió y la guardó como "souvenir"...

En los testamentos, los que tenían mejores puntadas eran Pancho Corella y el Tlacuachito Bernard. A las salidas de éste les decíamos las "Tacuachadas". Los legados consistían en libros, óperas, artefactos, etc., que por asociación de ideas sugirieran o criticaran alguna característica particular de las personas que recibían aquella teórica y humorística herencia. Recuerdo que a los Pavlovich, siempre hacíamos que el Mal Humor, les dejara el "Barbero de Sevilla", aludiendo a su táctica, por cierto muy buena, de estar siempre bien con la cosa oficial y que Felipe, sintetizaba en esta frase: "contra el gobierno, no se puede"; a Pancho Luken, el "Aria de la Locura"; a Nicasio Ruibal, "Historia de la Conquista de México"; al "Boby" Thompson, un torno; a Lamberto Mézquita, "como divertirse en el matrimonio"; al Zapata González, "el trabajador manual"; a don Pedro Miranda, "unas babuchas"; al doctor Olivares, "una máscara"; al "Chiro" Salcido, "una baraja"; a don Carlos de la Peña, don Juan Esteban Montijo, don Manuel Carrillo, etc., la canción "Se murió mi pájaro"; y así, íbamos enlistando personas y cosas, con solo la intención de divertir y divertirnos.

Posiblemente, en el fondo a nadie le agradara ser mencionado, pero nadie se enojaba en realidad, unos reían de los otros y la broma seguía.

Y cuando íbamos al kiosco de la plaza a verificar el proceso, lo hacíamos perfectamente briagos y todavía llevábamos algunas borellas de repuesto. La gente gozaba con aquella farsa de jurado y a poco el Mal Humor ardía...

El testamento se leía en el baile grande de Carnaval. Pancho Corella, lo leyó los primeros años y después "El ciego" Almada. Risas y más risas, algunas francas y espontáneas y otras salidas a fuerza para cubrir disgusto de la alusión. Los relatores del testamento, con toda su palomilla, seguían ingiriendo más copas por cuenta del comité y el fandango terminaba a las ocho o nueve de la mañana en El Parián, comiendo menudo con la Bibiana o con los jotos de la Luz Roja.

Recopilación: José Rafael Aguirre Fernández.
Fuente: La Opinión



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