| Casos y Cosas Fallecimiento de Polita Urrea |
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| Rafael Vázques Salazar | Publicado el 19 de Diciembre de 1957 |
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A las 3 de la mañana del día 30 de noviembre próximo pasado, dejó de existir en su domicilio de la calle Doctor Noriega no. 134, de esta capital, a los 83 años de edad, la respetable y virtuosa dama, la señora Doña Apolinar Urrea viuda de Gutiérrez, hermana menor que fue de Teresita Urrea, la santa de Cabora y de quien tanto habló la prensa de todo el país y del extranjero en los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX. Doña Polita, como cariñosamente la llamábamos quienes tuvimos la oportunidad de tratar; y conocer sus grandes dotes de moralidad, rectitud y abnegación, deja en la orfandad y sumidos en profunda consternación a sus hijos: Emilia, Rafael, Melita y Manuel, así como a un buen número de nietos y personas de su amistad y, en Hermosillo como en Villa de Seris, que en conjunto elevan sus preces al Dios de amor, de misericordia, justicia y bondad, por el descanso eterno de su alma. Agradecidos sinceramente, pues, por las finas atenciones con que me favoreció en vida la tan ilustre desparecida, y uniendo mis condolencias a las de sus deudos, que inconsolables lloran por su ausencia, me veo en la necesidad de escribir estas líneas, que no llevan otro objeto más que honrar la memoria de la madre ejemplar, de la dama cariñosa y bueno, modelo (imitable) de modestia y bondad. Doña Polita, pasó al estado divino y eterno, donde terminan las fronteras de la vida; otro sol, otras armonías ante la presencia divina del todopoderoso, nuestro Dios, rey y señor. Con la desaparición de esta dama, Sonora ha perdido uno de sus adornos más preciados; esta señora estaba hecha para la luz, se pasaba el día con la sonrisa en los labios, buena como la hostia, parecía estar formada con el barro de Nazareth, Doña Polita era íntegra y recta, ecuánime, pronta a inmortalizarse en todo lo que tiene algo de infinito. Hoy ha cerrado los ojos para siempre; más almas como la de ella, no pueden morir, porque su luz, verdad que cultivaba amor e iluminaba nuestras mentes cada vez que escuchábamos su conversación, perdurará por siempre, hasta el crepúsculo de los siglos. Ella misma poseía a su edad, una alma adolescente y ante toda persona que la trató, se identificaba el Influjo poderoso de su espíritu; ante su presencia retrocedían la mentira y aniquilaba el engaño; siempre se esperaba su palabra, que era cual hacha cegadora de ruindad. Sus labios contenían toda la sabiduría, un rincón de su cerebro no estaba vacío; era paz y trabajo, santidad y esencia jamás pronunció su boca la fatiga, como la parábola de rodas, que hizo surgir la simiente del granito. No estaba hecha para la vanidad, si no para el sufrimiento que aniquila y calcina; néctar de todas las ambrosías divinas. La suave existencia de una flor, de una nueva verdad. Tenía por escudo, la rectitud de su espíritu; amó como pocas el progreso, conservó la tradición que aferra en su suelo, y al desprecio desechó en todo tiempo, cual repugnante ser. Citaré aquí uno de los tantos relatos que escuché de sus bondadosos labios: a fines del siglo pasado, casada ya y estando próxima la fecha en que daría a luz su primer hijo, vino de visita a su domicilio, Teresita, hermana suya, trayéndole como obsequio, dos almohaditas, acaso ¿voy a tener dos niños?; a lo cual la dama contestó; no, sino que son ambas para el mismo uso. Fue esta una demostración plena de la clarividencia de su hermanita, pues pocos días vino el parto de dos niños que, anticipando a la autora de sus días, pasaron a mejor vida. Cumpliendo el suscrito con el deber que en estos casos nos impone la amistad sincera, me conté entre las muchas personas que estuvieron a dar el adiós a quien la muerte arrancó de esta tierra, cariñosa de verla auroleada por los corazones que le queríamos verdaderamente; mas no fue su muerte para nosotros una sorpresa, por que cosa tan grande no puede morir jamás de esta luz para entrar a la luz divina, allá donde los ángeles alaban al señor, sus últimas palabras fueron: “me voy al padre ustedes ámense los uno a los otros “, que la paz infinita sea con ella.
Fuente: La Opinión |