| Hermosillo de Antaño | |||||
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| Djed Bórquezz | Publicado el 10 de Enero de 1961 |
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Se llegara del norte o por el sur, para entrar en Hermosillo había que pasar por “La Unión”, que era una y griega del ferrocarril. La ciudad se anunciaba con el perfume de los azahares de sus huertas. Era una ciudad pequeña, pero con cierta personalidad. En “La Unión” había una caseta y bajo ella una caja sobre una mesa rústica, donde los conductores del tren tenían que anotar en su libro grande, de registro, la hora del paso de sus convoyes. Después se entraba al ranchito, propiedad de los Muñoz, popular por que en cierta época del año se comían ahí las cañas “embarradas”, sobre las faldas del cerro de la derecha estaban las casas del Mariachi, que era el barrio de los yaquis. Seguía “El Coloso de Rodas”, que era como tienda o cantina, donde a veces se producían escándalos. Después el “Puente Colorado”, que nadie sabía dónde había estado. Era un barrio pobre. Adelante el molino y enseguida la curva del ferrocarril. El conductor bajaba ágilmente del tren, cerca del depósito de agua y se dirigía a la estación a rendir el parte, mientras el tren recorría la gran pera hasta entrar resoplando en la estación siempre pletórica de visitantes.
Antigua Estación del Ferrocarril y enseguida el Café Monterrey La Estación era el “rendozvous” de la ciudad, acudían a recibir al tren no solamente los vagos más distinguidos, sino también los hombres de negocios, los dependientes, las bellezas femeninas de alto rango y muchos estudiantes de la escuela primaria, que escogían ese lugar como pretexto para faltar a clases. La vida de los hermosillenses era simple, con ribetes de monotonía. Entre semana los empleados no tenían otro refugio que la cantina de Morera, donde a veces le fiaban el consumo. Eran populares el Hotel Cohen y el de Cambustón, que se anunciaba como “uno de los menos malos de la capital”.
Hotel Cohen, actualmente Hotel Kino En bailes y serenatas tocaban las orquestas de Arriola y de Campodónico.
Rodolfo Campodónico en el Kiosco de la Plaza Zaragoza Las muchachas lucían su donaire en la Plaza Zaragoza y la Alameda. Las carcajadas de Juan Platt se oían a dos cuadras a la redonda. Los domingos se iban los jóvenes de día de campo a las huertas de Villa de Seris o al Guayparin. Había uno o dos periódicos, bisemanarios, que publicaban orgullosamente noticias con dos o tres semanas de retardo. Era una vida muy provinciana, casera, sin problemas ni urgencias para atormentar las mentes. Hermosillo tenía entonces de quince a dieciocho mil habitantes y sus calles no eran pavimentadas aún eran vías terminadas al “macadam”, que con las lluvias se transformaban en lodazales. El fango se les quitaba con palas los carruajes dejaban hondas huellas al enterrar sus ruedas en esas calles de tierra, y cuando el viento levantaba la polvareda, la ciudad era envuelta en una nube espesa que impedía la visibilidad y atormentaba las gargantas. Así y todo, Hermosillo parecía feliz. Tenía buenas escuelas primarias, con excelente profesorado. Molestaba su calor en el verano; pero su invierno se anunciaba como el “very best winter time in the world” (el mejor del mundo). Daban fama a esta “ciudad de los azares“ la belleza de sus mujeres, los valses de Campodónico, la hazaña portentosa de Jesús García, “ el héroe de Nacozari “ y las naranjas dulcísimas antes de ser atacadas por el “ piojo rojo “, precursoras de las que ahora enriquecen a montemorelos. A pesar de ser el principal acumulador de los fuertes calores, el Cerro de la Campana, sigue siendo grato a los hermosillenses. Es el vigía y símbolo de la ciudad.
Cerro de la Campana, visto desde la Capilla del Carmen
Fuente: Extra de Hermosillo Nota: Las fotos se insertaron al editar el escrito original |