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No merezco mujer que tú me quieras,
por mi conducta ruin y bochornosa,
porque jamás imaginé que fueras:
“Tan dulce, tan buena y amorosa”
En mi mente turbada y sigilosa,
bullían grises fragmentos del pasado,
y se esforzaba valiente y empeñosa…
Pero fue siempre negativo el resultado.
Y al no poder recordar lo sucedido;
con ira manifiesta a mi persona
me encerré en el cuarto poseído,
siendo yo el juez… Un juez que no perdona.
Así, yerto en la triste soledad del cuarto,
mi cansada mente desquiciada y loca,
acusome sin piedad y sin recato…
Un amargo sabor sentí en la boca.
Fue por tres días con sus largas noches,
de incertidumbres y agónicos desvelos,
sin voluntad, sin vida y con derroches
de sentimientos fatales… sin anhelos.
Allí yacía yo desesperado y triste,
“piltrafa humana, un ser anonadado”,
y de improviso llegaste tu a mi mente:
“Quedó tu rostro en mis ojos reflejado”.
Un fuerte impulso sentí maravillado,
abandoné el infierno en que me hallaba,
y fui hacia ti, mujer, obsesionado…
aclaraste mi mente tan turbada.
Hoy soy feliz, olvidé la pesadilla,
en nuestro amor ya jamás habrá fronteras,
gracias a ti, nuestro mundo es maravilla:
“Aunque, no merezco mujer que tú me quieras”
Gustavo Adolfo Figueroa.
Junio 15 de 1975
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